Dejé mi lapicera en New York

07/11

Ya había hecho las reservas desde Buenos Aires por Internet. El legendario pianista de jazz canadiense Oscar Peterson tocaba en el histórico Blue Note de Nueva York. Mientras esperaba un tanto ansioso el momento de escuchar a Peterson, me llamó la atención una mesa vacía, estratégicamente ubicada frente al pequeño escenario. De pronto, vi que la ocupaba un grupo de personas entre las cuales estaba Tony Bennett. Juro que me encanta el jazz actual de, por ejemplo, Herbie Hancok o Joshua Redman, pero estos dos clásicos que tenía a pocos metros tocaban mi historia personal. Entonces, se me soltó el cholulo del alma y quedé absorbido por el triángulo que formaba mi ubicación con la de ellos dos. Mi estado debió ser muy notorio, porque una amiga neoyorquina de mi hijo Martín me preguntó si quería que le fuera a pedir un autógrafo a Tony a mi nombre. Acepté, ya entregado a la situación. Tengo el autógrafo pegado en un corcho que está frente a mi escritorio. Pero pasó algo importante: Tony se quedó con mi lapicera y la utilizó para dibujar a Peterson durante casi todo el recital. Entonces se me presentó un verdadero dilema existencial: ¿le pedía la lapicera de nuevo o se la dejaba? Si me la devolvía, yo podía mostrarla como la lapicera que usó Tony Bennett. Pero eso era poca cosa, comparado con la sensación que me producía pensar que Bennett se llevase la lapicera y su dibujo de Peterson hacia vaya a saber qué rincón o momento de su vida privada. Esa fue la mejor lapicera perdida de las miles que ya dejé en algún lugar.